El caballo árabe en Argentina: una elegancia que resiste las décadas

Hubo un tiempo en que el caballo árabe ocupaba un lugar central dentro del universo ecuestre argentino. Sus líneas refinadas, su presencia inconfundible y el aura de nobleza que siempre rodeó a la raza convertían cada exposición en un acontecimiento especial.

Durante décadas, los haras árabes formaron parte del corazón de la actividad hípica nacional. Palermo, las grandes muestras rurales y los campeonatos morfológicos reunían a criadores, familias y apasionados que encontraban en el caballo árabe algo más que una raza: un símbolo de tradición, distinción y admiración estética.

Sin embargo, con el paso de los años, el escenario ecuestre argentino comenzó a transformarse.

El crecimiento del polo, la creciente valorización del caballo criollo y el desarrollo de nuevas disciplinas fueron desplazando lentamente al caballo árabe del protagonismo que supo tener. La actividad no desapareció, pero sí se volvió más pequeña, más reservada y, en cierto modo, más silenciosa.

Entre los factores que muchos referentes del ambiente señalan como determinantes en esta merma también aparece la desaparición de figuras históricas cuya presencia sostenía gran parte de la vida social y competitiva de la raza. La partida de grandes referentes tales como Federico Zichy Thyssen, Bartolomé Mitre, Georgina Pelham y la del histórico dirigente Jorge Concáro marcaron, para muchos criadores y aficionados, el final de una época dorada del caballo árabe argentino.

Concáro fue durante años uno de los grandes motores institucionales de la raza. Su trabajo, su compromiso y su permanente impulso dentro de la actividad dejaron una huella profunda en generaciones de criadores y expositores que encontraron en él una figura clave para el crecimiento y la organización del caballo árabe en el país.

Cada uno de estos nombres representó una manera particular de vivir la actividad: el amor por la crianza, la inversión en genética de punta, la exposición internacional y el sentido de pertenencia hacia una comunidad ecuestre que durante años tuvo enorme relevancia dentro de Argentina.

A esto se sumaron también importantes cambios deportivos.

En aquellos años, las disciplinas de montados y rienda atravesaban uno de sus momentos de mayor auge y contaban con jinetes que se habían transformado en verdaderos referentes de estas pruebas. Entre ellos, Sebastián Morando fue durante más de un lustro uno de los grandes dominadores del circuito, obteniendo resultados destacados junto a ejemplares del Haras Pavón de Bartolomé Mitre y del Haras Zañartú. Su presencia constante en las pistas y sus reiteradas victorias lo convirtieron en una figura central dentro de la actividad funcional de la raza en Argentina.

Con el tiempo, su alejamiento del circuito árabe también fue interpretado por muchos como parte de una transición más amplia dentro del ambiente ecuestre nacional, donde varios jinetes comenzaron a orientarse hacia otras disciplinas y mercados con mayor desarrollo deportivo y económico.

Algo similar ocurrió con Diego Battistoni, histórico jinete ligado al Haras Cuatro Estrellas, cuya salida del circuito árabe y posterior orientación hacia la raza cuarto de milla reflejó otro de los movimientos que fueron modificando lentamente el mapa de las competencias funcionales en Argentina.

También cambiaron los tiempos económicos. Mantener genética internacional, importar líneas de sangre y sostener grandes estructuras de cría se volvió cada vez más complejo. A eso se suma una menor renovación generacional en algunos haras históricos, fenómeno que afecta no solo al caballo árabe sino a varias actividades tradicionales del campo argentino.

Aun así, sería injusto hablar del caballo árabe únicamente desde la nostalgia.

Porque la raza conserva algo que pocas lograron mantener intacto: su identidad. El árabe sigue siendo sinónimo de resistencia, inteligencia, sensibilidad y belleza. Sigue despertando admiración en quien lo ve entrar a pista. Y continúa ocupando un lugar de enorme prestigio a nivel internacional, especialmente en Medio Oriente, Europa y Estados Unidos.

Quizás hoy el caballo árabe ya no tenga el brillo masivo de otras épocas en Argentina. Pero todavía conserva algo más importante: una mística propia, elegante y atemporal, que sigue enamorando a quienes conocen verdaderamente su historia.

Y aunque muchos crean que atraviesa una etapa de silencio, dentro del ambiente ecuestre todavía existe la sensación de que el caballo árabe argentino conserva intacto su potencial. Porque las grandes razas nunca desaparecen verdaderamente: esperan su momento. Y seguramente, más temprano que tarde, el caballo árabe volverá a reaparecer con el brillo, la relevancia y el reconocimiento que históricamente supo merecer.

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