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Joaquín Olivera Peña: "La equitación no consiste en dominar al caballo, sino en merecerlo"

Esta entrevista imaginaria no reproduce una conversación real. Está construida a partir de entrevistas, artículos técnicos, testimonios y referencias públicas sobre Joaquín Olivera Peña, con el propósito de acercar su pensamiento ecuestre a nuevas generaciones.

Por Marcos Gorostiaga · 11 min de lectura
 Joaquín Olivera Peña montando a Mississippi en competición de Doma Vaquera
Joaquín Olivera Peña y Mississippi. Binomio campeón de España en 1996, en una etapa de plena madurez deportiva y técnica del jinete sevillano.
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El sol cae sobre una pista vacía. Ya no hay público, ya no hay jueces, ya no hay aplausos. Queda apenas la huella circular de los cascos sobre la arena y ese silencio particular que dejan los caballos cuando terminan de trabajar. Allí, en ese silencio, aparece Joaquín Olivera Peña. No viene a hablar de copas ni de récords, ni a explicar cómo se gana un campeonato. Viene a hablar de caballos, como hizo toda su vida.

Joaquín Olivera Peña fue nueve veces Campeón de España de Doma Vaquera. Pero reducirlo a su palmarés sería empobrecerlo. Fue jinete, juez, formador, hombre de campo y estudioso de los clásicos. Un hombre que entendió que la Doma Vaquera no debía elegir entre tradición y técnica, sino unir ambas cosas: la raíz campera y la equitación bien hecha.

El hombre de a caballo

Don Joaquín, si tuviera que presentarse ante un jinete joven, ¿qué le diría de usted mismo?

Le diría que fui un hombre de a caballo. Eso está antes que todo.

Antes que los campeonatos, antes que los jueces, antes que las pistas y antes que los aplausos, está el caballo. Yo vengo del campo, de una forma de montar donde el caballo no era un adorno ni una herramienta de vanidad. Era compañero de trabajo.

En el campo, si un caballo no está bien hecho, la faena se complica. Allí no hay tiempo para florituras inútiles. El caballo debe responder, debe estar atento, debe ser ágil, fuerte, templado y obediente. Pero esa obediencia no puede ser fruto del miedo. Tiene que nacer de una doma verdadera.

Con los años comprendí que la Doma Vaquera tenía una riqueza enorme, pero que debía apoyarse en principios sólidos. Por eso estudié a los clásicos: Podhajsky, Decarpentry, Nuno Oliveira, Baucher. No para convertir la Vaquera en otra disciplina, sino para hacerla mejor.

La tradición sin estudio se empobrece. La técnica sin alma se enfría. La buena equitación necesita las dos cosas.

Usted fue campeón muchas veces. ¿Qué significaba ganar?

Ganar es agradable. Sería falso decir lo contrario. Pero ganar no puede ser el centro de la equitación.

El campeonato es una consecuencia, no una causa. Si uno monta sólo para ganar, termina acortando caminos. Y cuando se acortan caminos en la doma, casi siempre paga el caballo.

El secreto, si es que hay alguno, es montar todos los días, estudiar, observar, equivocarse poco y corregirse mucho. Un caballo no se hace en una semana. Ni en un mes. Hay caballos que necesitan años para madurar física y mentalmente.

El jinete joven muchas veces tiene prisa. Quiere la media vuelta, el arreón, el parón, el cambio, la espectacularidad. Pero antes de todo eso debe haber rectitud, impulsión, equilibrio, contacto, confianza. Sin base, el brillo dura poco. Y la pista, tarde o temprano, lo descubre.

Campo y equitación clásica

¿La Doma Vaquera es una disciplina de campo o una disciplina de equitación clásica?

Es una disciplina de campo que debe estar sostenida por la equitación clásica. Ahí está su grandeza.

La Doma Vaquera nace de una necesidad campera: trabajar con ganado, resolver situaciones, parar, volver, templar, doblar, arrancar, acompañar. Sus ejercicios tienen un porqué. No nacieron para impresionar a un público, sino para servir a una función.

Pero cuando esa doma entra en una pista y se convierte en disciplina deportiva, necesita orden, medida, corrección. Necesita reglamento, pero también necesita cultura ecuestre.

Los principios de la equitación son universales. No hay una rectitud para la Doma Clásica y otra para la Vaquera. No hay una reunión seria para una disciplina y una reunión improvisada para otra. El caballo es el mismo. Su cuerpo funciona igual. Su mente exige lo mismo: claridad, paciencia, progresión y justicia.

La Vaquera no debe renunciar a su raíz. Pero tampoco debe usar la tradición como excusa para dejar de lado la técnica.

Usted hablaba de la doma «seria y bien hecha». ¿Qué es eso?

Es la doma que respeta el tiempo del caballo.

Doma seria no significa doma dura. Al contrario: muchas veces la dureza es falta de seriedad. Ser serio es saber qué se pide, por qué se pide y cuándo se pide. Es no empezar la casa por el tejado. Es no buscar un ejercicio para la foto cuando el caballo todavía no puede sostenerlo con equilibrio.

Un caballo debe entender. Debe fortalecer su cuerpo. Debe confiar en la mano, en la pierna, en el asiento. Debe saber ir hacia adelante sin precipitarse y reunirse sin apagarse.

La doma bien hecha no necesita gritos. Se ve. Se ve en la boca, en el dorso, en la grupa, en la tranquilidad del caballo. Y se ve también en el jinete.

Sumisión, reunión y rectitud

Usted insistía mucho en la sumisión. ¿Cómo la entendía?

La palabra hay que entenderla bien. Sumisión no es humillación.

La sumisión verdadera es disponibilidad. Es que el caballo esté física y psíquicamente dispuesto a seguir al jinete, porque lo comprende, porque confía y porque ha sido preparado correctamente.

El sometimiento es otra cosa. El sometimiento roza la humillación. Y cuando un caballo está humillado, ya hemos salido de la buena equitación.

Un caballo puede obedecer por miedo. Eso no tiene mérito. Lo difícil es que obedezca conservando su nobleza, su impulsión y su orgullo. Yo quiero un caballo obediente, claro. Pero no quiero un caballo apagado. No quiero un caballo vencido. La buena doma no rompe el carácter del caballo. Lo ordena.

Joaquín Olivera Peña sobre la yegua Centenaria durante un Campeonato de España de Doma Vaquera.
Joaquín y Centenaria. Antes de los títulos y del reconocimiento nacional, existió una yegua que marcó para siempre la sensibilidad ecuestre de Joaquín Olivera Peña.

¿Dónde aparece primero la verdad de una doma?

En el paso.

El paso es muy revelador. En el paso se ve si el caballo está relajado, si acepta el contacto, si camina con actividad, si conserva la reunión, si está derecho, si respira.

Muchos jinetes subestiman el paso porque no tiene la espectacularidad del galope o de una media vuelta. Pero el paso desnuda la doma.

Un buen paso vaquero debe tener viveza, dignidad, reunión. El caballo no debe ir derrumbado sobre las espaldas, ni dormido, ni abierto, ni con la nuca perdida. Debe caminar como un caballo disponible. El paso dice mucho del entrenamiento. A veces dice demasiado.

¿Qué entendía usted por reunir un caballo?

Reunir no es acortar por delante. Ese es un error frecuente.

La reunión verdadera nace detrás. El caballo flexiona sus articulaciones posteriores, remete la grupa, eleva la base del cuello, aligera las espaldas y se vuelve más disponible. Si uno sólo tira de la mano para acortar, no reúne: encierra.

La reunión debe conservar la impulsión. Un caballo reunido no está apagado. Está cargado de energía ordenada. Tiene menos longitud, pero más poder. Menos dispersión, pero más disposición.

En la Doma Vaquera, la reunión es fundamental porque casi todos los ejercicios importantes la necesitan: la media vuelta, el arreón bien templado, el parón, los giros, los cambios de dirección. Sin reunión, la Vaquera se vuelve brusca. Con reunión, aparece el arte.

¿Y la rectitud?

La rectitud es imprescindible. Un caballo torcido siempre compensa. Y cuando compensa, tarde o temprano pierde equilibrio, resistencia o limpieza.

La rectitud no es sólo ir derecho en una línea. Es que el caballo use correctamente ambos lados, que los posteriores empujen hacia el centro de gravedad, que la energía no se escape por la espalda, que la mano no tenga que estar corrigiendo todo el tiempo.

Sin rectitud no hay verdadera reunión. Y sin reunión, muchos ejercicios de Vaquera se convierten en maniobras hechas a la fuerza.

La mano, la caricia y el tiempo

Usted hablaba de «estar en la mano». ¿Qué significa eso?

Estar en la mano no es colgarse de la mano. Tampoco es esconderse detrás de ella.

Un caballo está en la mano cuando acepta un contacto vivo, elástico, con la mandíbula relajada, la nuca en su sitio y el cuerpo empujando desde atrás hacia adelante.

El contacto no se fabrica tirando. Se recibe. La mano debe sentir, no dominar. Debe regular, no castigar. Y debe ceder cuando el caballo responde. Si la mano no sabe ceder, el caballo aprende a defenderse.

¿Cuál era su visión del uso de embocaduras más fuertes?

La embocadura no sustituye a la doma.

Puede haber hierros útiles en manos expertas y hierros suaves usados de manera brutal. El problema no está sólo en el hierro, sino en la mano y en la preparación del caballo.

Pero es cierto que muchas veces se busca en la embocadura la solución a un problema que nació en el entrenamiento. Si el caballo no está recto, si no acepta la pierna, si no entiende el contacto, si no sabe ir hacia adelante, un hierro más fuerte puede dar una respuesta momentánea. Pero no arregla la base.

La buena equitación no se mide por cuánto puede frenar una mano, sino por cuánto puede comprender un caballo.

¿Qué importancia tiene la caricia?

Mucha. La caricia llega cuando el caballo ha hecho un esfuerzo correcto. No hace falta esperar la perfección completa: a veces uno o dos pasos buenos merecen una pausa.

El caballo debe saber cuándo acertó. Hay jinetes que piden, piden y piden. Nunca sueltan. Nunca premian. Nunca dejan pensar al caballo. Eso crea tensión.

La doma no es una sucesión de órdenes. Es una conversación. Y en una conversación también hay silencios.

¿Cómo debe trabajarse un caballo joven?

Con paciencia y con método. Primero debe aprender a ir hacia adelante. Después a aceptar el contacto. Después a equilibrarse. Después a flexibilizarse. Más adelante vendrán los ejercicios difíciles.

El error está en querer enseñar figuras antes de tener caballo. Un caballo joven al que se le exige demasiado pronto puede aprender a defenderse. Y los resabios que nacen en esa etapa son difíciles de borrar.

La juventud del caballo no perdona la vanidad del jinete. Hay que darle tiempo al cuerpo y a la cabeza.

Los ejercicios de la Vaquera

¿Qué es una buena media vuelta?

Una media vuelta buena no es simplemente girar.

El caballo debe llegar preparado, reunido, con los posteriores debajo, las espaldas ligeras y la nuca en su sitio. Debe cambiar de dirección sin caer, sin abrirse, sin romper el equilibrio, sin defenderse de la mano. Tiene que haber energía contenida.

La media vuelta nace de la necesidad campera, pero en la pista debe mostrar limpieza técnica. Cuando el caballo se vuelve sobre los posteriores, con obediencia y claridad, aparece una de las expresiones más hermosas de la Doma Vaquera. Pero cuando se hace con brusquedad, con tirones o con desequilibrio, deja de ser arte. Se vuelve truco. Y el truco dura poco.

¿Qué hay detrás del arrear, templar y doblar?

Hay una síntesis de la disciplina.

Arrear no es correr sin control. Templar no es frenar a golpes. Doblar no es torcer al caballo como se pueda.

El caballo debe salir hacia adelante con decisión, pero sin escapar. Debe aceptar la vuelta a la mano sin miedo. Debe templarse, recoger su energía y doblar con equilibrio. El ir hacia adelante es esencial: sin impulsión, no hay verdad. Pero esa impulsión debe estar gobernada por la doma. Ahí se ve si el caballo está realmente entre la pierna y la mano.

¿Y el parón a raya?

El parón no empieza en el parón. Empieza mucho antes.

Empieza en una parada correcta, tranquila, equilibrada. Empieza en que el caballo entienda la mano sin miedo y sepa llevar el peso hacia atrás sin hundirse. Después, con tiempo, se puede pedir más energía.

Pero si se enseña desde la brusquedad, el caballo aprende a resistirse. Aprende a temer la mano. Aprende a protegerse. Un buen parón no es una pelea ganada por el jinete. Es una respuesta preparada por años de trabajo.

El juez, el espectáculo y la tradición

Usted fue también juez. ¿Qué debe mirar un buen juez?

Debe mirar la calidad de la equitación. No sólo si el ejercicio aparece: también cómo aparece.

Un caballo puede hacer una figura y hacerla mal. Puede cumplir el recorrido y estar desequilibrado. Puede ser espectacular y estar incorrecto.

El juez debe conocer el reglamento, por supuesto. Pero también debe conocer el caballo. Debe entender qué dificultad tiene cada ejercicio, qué errores son graves, cuáles son circunstanciales, dónde hay falta de doma y dónde hay simplemente una pequeña imprecisión.

Juzgar exige cultura ecuestre. Si el juez no sabe lo que cuesta hacer bien un ejercicio, puede premiar lo vistoso por encima de lo correcto. Y eso termina educando mal a toda la disciplina.

¿La Doma Vaquera ha corrido el riesgo de volverse demasiado espectacular?

Todas las disciplinas corren ese riesgo. El público se emociona con lo vistoso. Es natural. Pero el jinete y el juez deben mirar más profundo.

La espectacularidad no es mala si nace de la corrección. Un caballo bien reunido, poderoso, obediente y campero puede ser espectacular. Pero cuando se busca el efecto por encima de la base, se pierde el camino.

La Doma Vaquera no debe olvidar para qué nació. Nació para servir a una función. La pista debe embellecer esa función, no traicionarla.

¿Qué le debe la Vaquera a la equitación clásica?

Le debe claridad. Los clásicos nos enseñan que el caballo tiene una forma correcta de desarrollarse. Nos enseñan progresión, equilibrio, impulsión, ligereza, contacto, reunión. Nos enseñan que la fuerza no es el camino más alto.

Eso no quita personalidad a la Vaquera. Al contrario: la eleva. Un caballo vaquero trabajado con principios clásicos no deja de ser vaquero. Se vuelve mejor vaquero. La tradición no se debilita cuando estudia. Se fortalece.

Los caballos y el oficio

Joaquín Olivera Peña montando a Turronera durante una prueba de Doma Vaquera en España.
Joaquín Olivera Peña y Turronera. Más que un binomio ganador, la imagen de una manera de entender la Doma Vaquera: funcional, clásica, campera y profundamente respetuosa del caballo.

¿Cuál fue el caballo que más lo marcó?

Es una pregunta difícil, porque cada caballo deja una huella distinta.

Centenaria ocupa un lugar muy especial en mi memoria. Siempre dije que fue como una primera novia. Con ella llegaron muchas emociones que nunca se olvidan.

Pero si hablamos del caballo que terminó identificándose con mi forma de montar, probablemente debamos hablar de Turronera. Turronera apareció en un momento distinto de mi vida. Ya no era el joven que buscaba demostrar cosas: ya había recorrido muchos caminos, había ganado campeonatos, había cometido errores y había aprendido de ellos.

Con Turronera la búsqueda era otra. Ya no se trataba solamente de ejecutar ejercicios o de obtener resultados. Se trataba de alcanzar una forma de equitación más madura, más serena y más profunda. Había una comprensión mutua que sólo llega después de muchos años de oficio.

La gente recuerda los triunfos. Yo recuerdo las sensaciones. Hay caballos que ganan pruebas. Y hay caballos que terminan formando parte de la identidad de un jinete. Turronera pertenece a esa segunda categoría.

¿Qué aprendió con los años?

A escuchar más.

De joven uno quiere hacer, demostrar, avanzar. Con los años se aprende a esperar. A valorar una buena transición, una buena respuesta, una boca tranquila, una grupa comprometida.

También se aprende a distinguir entre emoción y precipitación. La equitación madura cuando el jinete deja de buscar sólo lo que quiere conseguir y empieza a preguntarse qué necesita el caballo para llegar allí. Ese cambio lo transforma todo.

¿Qué errores ve con más frecuencia en los jinetes?

La prisa. La rigidez. La falta de teoría. Y la costumbre de culpar al caballo.

Cuando algo sale mal, muchos miran primero al animal. Yo creo que el jinete debe mirarse antes a sí mismo. ¿Pedí claro? ¿Pedí a tiempo? ¿Preparé el ejercicio? ¿El caballo estaba físicamente listo? ¿Entendió? ¿Lo premié cuando acertó?

La equitación exige responsabilidad. No se puede poner todo sobre el caballo.

Si pudiera dejar una frase a los jóvenes, ¿cuál sería?

No tengáis prisa. El caballo necesita tiempo. Y el jinete también.

Montad, estudiad, observad, escuchad. No busquéis atajos. No confundáis ganar con saber. No confundáis mandar con educar.

El caballo no es un enemigo al que vencer. Es un compañero al que hay que convencer. Y para convencerlo, primero hay que merecerlo.

Don Joaquín, entonces, ¿qué es finalmente la equitación?

Una forma de vivir.

La equitación está en cómo uno monta, pero también en cómo uno se comporta. Está en la paciencia, en la rectitud, en la honestidad, en la humildad, en el respeto por el caballo, en la búsqueda de lo bien hecho aunque nadie esté mirando.

Uno puede ganar campeonatos y no haber entendido nada. Y puede pasar una vida entera montando en silencio y estar muy cerca de la verdad.

La equitación correcta no es cómoda. Exige. Ordena. Educa al caballo, pero también educa al jinete. Por eso merece la pena. Porque cuando un caballo se reúne, se equilibra, se entrega sin perder su orgullo y responde como si pensara con nosotros, aparece algo que no se puede comprar ni improvisar. Aparece la verdadera equitación.

Caballos que forman parte de su memoria

  • Turronera — la yegua que terminó convirtiéndose en la imagen más recordada de Joaquín Olivera Peña.
  • Centenaria — la yegua de los comienzos, «una primera novia».
  • Mandanga — representante de una etapa de consolidación deportiva y crecimiento técnico.
  • Mississippi — el caballo del Campeonato de España de 1996, en plena madurez deportiva.

Joaquín Olivera Peña no dejó solamente un palmarés. Dejó una manera de entender la equitación.

Fue campeón, sí. Nueve veces Campeón de España de Doma Vaquera. Pero su verdadera importancia no está sólo en los títulos. Está en haber defendido una idea exigente: que la Doma Vaquera podía conservar su alma campera y, al mismo tiempo, elevarse mediante los principios de la equitación clásica.

Su legado habla de caballos, pero también de carácter. Rectitud. Paciencia. Reunión. Temple. Honestidad. Respeto.

Tal vez por eso sigue vigente. Porque en una época que suele premiar lo rápido, Joaquín Olivera Peña nos recuerda que la buena equitación no se improvisa. Se construye. Día tras día. Caballo tras caballo. Silencio tras silencio.

Y cuando finalmente aparece, no necesita gritar. Basta verla.

Marcos Gorostiaga

Firma las entrevistas de El Verdadero Legado Ecuestre: conversaciones con jinetes, entrenadores y estudiosos del caballo, y diálogos históricos reconstruidos.

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